en un monasterio
¡Crac! Un solo golpe. El frío piso de baldosas grises recibió el impacto y opuso la resistencia lógica a todo ataque inesperado. El espejo Relativamente pequeño Algo ya deteriorado por el paso del tiempo. Con espacios en los que la ausencia del azogue le daba una transparencia completa Sin un marco protector. Había, aparentemente, terminado su vida de manera imprevista, violenta y, a la verdad, no deseada. No deseada por él (si es que un espejo tiene deseos que el ser humano, con sus sentidos tan limitados, no llega a percibir) y mucho menos deseada por Teófilo, que lo había dejado caer mientras estaba contemplando su propio rostro con extático narcicismo, cuando sonaron unos impactantes golpes que aplicaron repetidamente los nerviosos nudillos de una mano derecha, algo ya marcada por venas y arrugas, sobre la tranquila madera de la puerta.
¡Crac! Había hecho el espejo sobre el suelo. ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! Habían repercutido como un eco en los oídos del joven monje los llamados en su puerta y sus dedos, como repentinamente atravesados por una corriente eléctrica, dejaron caer su rostro, es decir el espejo que en ese momento era su rostro, sobre las baldosas de la austera celda monacal.
Era en verdad una celda austera. Casi al estilo medieval, aunque con ciertos detalles robados a la modernidad. Junto a un sencillo lecho de madera, una pequeña mesa, algo rústica y encima de ella un velador con una bombilla eléctrica ordinaria de 60 W. cubierta por una pantalla cónica de extrema sencillez. Era la única iluminación de una habitación de 2m x 3m, cuando la luz exterior dejaba de entrar por la ventanita que daba al amplio jardín del monasterio. La ventana estaba a una altura tal que no permitía indiscretas miradas ni hacia afuera ni, mucho menos, hacia adentro. Techo y paredes blanqueadas a la cal.. Sobre un muro lateral, un par de estantes con una escasa docena de libros. Se podía ver, por supuesto, una Biblia, la Imitación de Cristo del Kempis, Noche oscura del alma de Juan de la Cruz, Las Moradas de Teresa de Jesús... Un pequeño tapiz pendía de un clavo sobre la cabecera de la cama, bajo una rústica y diminuta cruz tallada en algarrobo, con el conocido soneto de la mística española cuyo primer verso reza “No me mueve mi Dios para quererte”.
¡Crac! Como un relámpago cruzaron por su cerebro, en una visión fugaz pero profunda y abarcadora, todos los instantes de esa sufriente exploración de tres años con la que había intentado afanosamente desentrañar el misterio que sentía clavado en su interior. Quería encontrar ese espíritu puro, casi angélico, tal vez divino, que creía llevar en sí, y aferrarse a él con la desesperada seguridad con que se aferra un náufrago a un solitario tablón en medio de aguas turbulentas. Los libros lo habían defraudado, incluso la Biblia. No lo llevaban más allá de las palabras. Metáforas y más metáforas. Una más bella y atrapante
que la otra. Pero solo palabras. Nada detrás. En un arranque casi de incontenible furia había tomado en sus manos el pequeño espejo (¡pobre espejo!, ignorante de su inminente ruina), descolgándolo de sobre el impasible lavabo adosado a la pared, sobre la que pendía de un hilo vulgar sostenido por un clavo ordinario. Había clavado sus ojos en él. A través de esos ojos, sus propios ojos, allí reflejados, negros y brillantes, enmarcados en su rostro bajo espesas cejas y como surgiendo de una barba muy abundante para sus veinticuatro años, quiso, en un momento casi de éxtasis, atrapar esa figura angélica que estaba seguro de llevar dentro de sí.y que los libros, por más sagrados que fuesen no le permitían descubrir. Tal vez esa mirada penetrante y perforadora lo consiguiese.
¡Crac! ¡El ángel interior hecho añicos!
- Hola ¿Molesto a esta hora?, le preguntó el prior al que Teófilo le había franqueado la puerta tras la rotura del espejo como culminación de ese intenso terremoto mental. que, en realidad, no había durando más que un par de segundos..
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